Para dicho libro, me ofrecí además desinteresadamente (algo que suelo hacer demasiado a menudo) a hacer la portada. Esto fue en junio de 2011; cuando, a final de curso, quedaron en darnos un ejemplar de manera gratuita (la idea no era recaudatoria; sino simbólica... veremos a ver...) a cada una de las familias. Pero, aún a día de hoy, no tengo ni el librito ni noticias de que se vaya a entregar.
En fin; me quedo con la experiencia de haber escrito este cuento, haber dibujado a los personajes que salían en él e ilustrar la portada donde se recopilaban este y otros cuentos, canciones y demás. Con esa experiencia y con los buenos ratos que disfruté contándoselo a mi hija y viendo cómo se ilusionaba dibujando ella misma al personaje del cuento.
Había una vez un pequeño topo que se llamaba Manolillo.
Manolillo vivía bajo tierra y le encantaba leer. Se pasaba los días y las noches leyendo libros a la luz de una pequeña lámpara en su madriguera escavada en el suelo. El pequeño topo nunca había sentido la necesidad de salir a la superficie; pues pensaba que no había nada como la tranquilidad.
Cierto día, Manolillo estaba leyendo tranquilamente uno de sus libros favoritos cuando, de repente, una enorme cascada de agua inundó toda su casa.
Manolillo, muy enfadado, decidió subir a la superficie a ver qué había pasado.
Manolillo el topillo se asomó poco a poco al exterior. Y vio a un grupo de monos riéndose a carcajadas tras haber vaciado un cubo lleno de agua dentro de la casa de Manolillo.
Los monos bandidos habían querido gastarle una broma pesada para que el topo saliera. Lo que hizo enfadarse mucho a Manolillo.
– Perdonad –dijo Manolillo el topillo con educación–; habéis inundado mi casa y yo no os he hecho nada para que la hayáis tomado conmigo.
– Miradle, chicos… el cegato del topo cree que necesitamos alguna razón para meternos con él –respondió el jefe de los monos mientras todos los demás se reían.
Mientras, todos los monos reían y le daban manotazos a Manolillo el topillo éste se metió rápidamente en su casa asustado.
¿Cómo podría un débil topo como él defenderse de una banda de monos malvados?
El pequeño topo llegó a la conclusión de que necesitaba de alguien mucho más fuerte que él para darles una buena lección a los monos que no pudieran olvidar.
Manolillo llegó a la conclusión de que el más feroz, valiente, fuerte y rápido animal de todos era el león. Pues el león tenía fama de ser uno de los animales más respetados de todos. Por lo que se le consideraba el rey de la selva.
Manolillo se preparó para su búsqueda: cogió una mochila en la que guardó comida para varios días. Y unas gafas de sol que protegieran sus pequeños y débiles ojos de la luz del sol.
Y así fue como el pequeño topo salió para encontrar a un valiente león de buen corazón que quisiera ayudarle.
Manolillo, pese a llevar gafas de sol con unos cristales muy oscuros, tardó un tiempo en acostumbrarse al radiante sol que brillaba en el cielo. Cuando, al fin sus ojos se acostumbraron, pudo ver bastante mejor. Por lo que pensó: “bueno, al menos esta aventura habrá servido para que ahora pueda ver mejor con mis ojos”. Hecho que animó al topo en su viaje.
Manolillo, que siempre había sido muy tímido (ya que nunca había tenido a nadie con quien hablar ni jugar), a medida que iba hablando con el resto de animales, fue perdiendo el miedo a hablar con los demás.
Al ser muy educado y pedir las cosas siempre “por favor”, dando las gracias por lo que le daban y siendo amable con los demás la gente pronto se hacía amiga del pequeño topo.
En poco tiempo, Manolillo el topillo era conocido y querido por todos los animales de la selva; teniendo fama de ser alguien amable e inteligente con el que se podía hablar de cualquier tema. Además de agradable y pacífico porque no se metía con nadie y respetaba al resto de animales.
Y pronto el topo explorador se sintió muy a gusto rodeado del afecto y la compañía del resto de animales.
¿De todos? No, de todos no; puesto que los monos bandidos no caían bien a ninguno de los animales de la selva. Los monos no tenían amigos porque se metían con todo el mundo gastándoles pesadas bromas y mofándose de ellos.
Hasta que cierto día, Manolillo, al fin, conoció a Ramón el león.
Ramón el león tenía una enorme melena de color naranja que brillaba con el sol, unos afilados dientes y unas fuertes patas con unas poderosas y afiladas garras.
Pero lo que, sin duda, caracterizaba a Ramón el león era su gran corazón; pues todo el mundo le quería porque era muy bueno y no se metía nunca con nadie.
Ambos hablaron durante largo rato; descubriendo que a ninguno de los dos les caían bien los monos bandidos. Por lo que decidieron unirse para darles una lección.
No tardaron en encontrarlos. Subidos a un árbol incordiaban a una enorme jirafa que quería comer de una rama que no dejaban de zarandear haciendo que la pobre jirafa no pudiera comer de las hojas que había en la rama.
Ramón el león se acercó a los monos con el pequeño topo oculto en su espesa melena montando a sus espaldas. Ramón el león les pidió que dejaran de molestar a la hambrienta jirafa.
Entonces el jefe de los monos le dijo a Ramón el león:
– Vaya, vaya, vaya… mirad quién está aquí; “el león tontorrón”. ¿Aún no has aprendido la lección? –dijo burlándose de Ramón– ¿Es que no te das cuenta que por muy fuerte y rápido que seas siempre seremos más listos que tú? Si no sabes ni cuántas son dos más dos.
– Claro que lo sé –dijo Ramón el león. Y susurrando a Manolillo, que seguía en su espalda oculto por su espesa melena, le preguntó en voz baja:
– Manolillo, ¿sabes tú cuántas son dos y dos?
– Claro que sí, Ramón, son cuatro –respondió Manolillo el topillo–. Ahora pregúntales tú si saben cuántos son cien más cien.
Y cuando Ramón el león les preguntó a los monos, éstos se quedaron sorprendidos porque no se esperaban que el león les contestara con otra pregunta que, encima, ¡no sabían responder!
¿Cómo podía ser que el león se hubiera vuelto mucho más listo que ellos?, pensaron los monos bandidos.
Y Ramón el león, al ver que no sabían responder, sonrió para sus adentros. Mientras que Manolillo se reía entre dientes viendo a los malvados monos en apuros intentando adivinar la respuesta.
Ramón el león, aconsejado por Manolillo el topillo, les hizo a los monos otras preguntas que no supieron contestar; lo que hizo enfurecer aún más a los monos bandidos.
Todos los animales de la selva hicieron un enorme corro alrededor de los monos para ver cómo Ramón el león les daba una lección a los monos; demostrando así que no eran tan listos como decían; sino unos fanfarrones que sólo buscaban meterse con los demás animales.
Los monos, humillados al verse en tal situación, se pusieron rojos de rabia y bajaron del árbol para pegar a Ramón el león.
Pero Ramón era mucho más rápido que ellos y no lograron tocarle ni un pelo, pero sí llevándose cada uno de los monos algún que otro golpetazo.
Definitivamente los monos estaban humillados.
Fue entonces cuando Manolillo el topillo salió de su escondite en la melena de Ramón el león y, con una reverencia, saludó al resto de animales que les rodeaban para ver el espectáculo.
Manolillo había demostrado que era mucho más listo que los monos bandidos. Y que, su amigo Ramón el león, era mucho más fuerte y valiente que ellos.
Los dos amigos, trabajando en común, habían dado un escarmiento a los monos bandidos. Demostrando al resto de animales lo bueno que era trabajar en equipo.
Fue entonces cuando Manolillo el topillo decidió dejar la oscuridad de su casa (ya que sus ojos se habían acostumbrado a la luz del sol) y decidió vivir al aire libre con todos sus amigos; con los que jugaba y compartía todos sus libros.
Y todos los animales de la selva fueron más amables y cordiales con el resto porque descubrieron que eso les hacía sentirse mejor.
Y esa selva fue conocida por ser la más pacífica, tranquila, divertida y cordial de todo el mundo.
Pues bien; aquí os dejo el cuento y los dibujos:
MANOLILLO EL TOPILLO
Manolillo vivía bajo tierra y le encantaba leer. Se pasaba los días y las noches leyendo libros a la luz de una pequeña lámpara en su madriguera escavada en el suelo. El pequeño topo nunca había sentido la necesidad de salir a la superficie; pues pensaba que no había nada como la tranquilidad.
Cierto día, Manolillo estaba leyendo tranquilamente uno de sus libros favoritos cuando, de repente, una enorme cascada de agua inundó toda su casa.
Manolillo, muy enfadado, decidió subir a la superficie a ver qué había pasado.
Manolillo el topillo se asomó poco a poco al exterior. Y vio a un grupo de monos riéndose a carcajadas tras haber vaciado un cubo lleno de agua dentro de la casa de Manolillo.
Los monos bandidos habían querido gastarle una broma pesada para que el topo saliera. Lo que hizo enfadarse mucho a Manolillo.
– Perdonad –dijo Manolillo el topillo con educación–; habéis inundado mi casa y yo no os he hecho nada para que la hayáis tomado conmigo.
– Miradle, chicos… el cegato del topo cree que necesitamos alguna razón para meternos con él –respondió el jefe de los monos mientras todos los demás se reían.
Mientras, todos los monos reían y le daban manotazos a Manolillo el topillo éste se metió rápidamente en su casa asustado.
¿Cómo podría un débil topo como él defenderse de una banda de monos malvados?
El pequeño topo llegó a la conclusión de que necesitaba de alguien mucho más fuerte que él para darles una buena lección a los monos que no pudieran olvidar.
Manolillo llegó a la conclusión de que el más feroz, valiente, fuerte y rápido animal de todos era el león. Pues el león tenía fama de ser uno de los animales más respetados de todos. Por lo que se le consideraba el rey de la selva.
Manolillo se preparó para su búsqueda: cogió una mochila en la que guardó comida para varios días. Y unas gafas de sol que protegieran sus pequeños y débiles ojos de la luz del sol.
Y así fue como el pequeño topo salió para encontrar a un valiente león de buen corazón que quisiera ayudarle.
Manolillo, pese a llevar gafas de sol con unos cristales muy oscuros, tardó un tiempo en acostumbrarse al radiante sol que brillaba en el cielo. Cuando, al fin sus ojos se acostumbraron, pudo ver bastante mejor. Por lo que pensó: “bueno, al menos esta aventura habrá servido para que ahora pueda ver mejor con mis ojos”. Hecho que animó al topo en su viaje.
Manolillo, que siempre había sido muy tímido (ya que nunca había tenido a nadie con quien hablar ni jugar), a medida que iba hablando con el resto de animales, fue perdiendo el miedo a hablar con los demás.
Al ser muy educado y pedir las cosas siempre “por favor”, dando las gracias por lo que le daban y siendo amable con los demás la gente pronto se hacía amiga del pequeño topo.
En poco tiempo, Manolillo el topillo era conocido y querido por todos los animales de la selva; teniendo fama de ser alguien amable e inteligente con el que se podía hablar de cualquier tema. Además de agradable y pacífico porque no se metía con nadie y respetaba al resto de animales.
Y pronto el topo explorador se sintió muy a gusto rodeado del afecto y la compañía del resto de animales.
¿De todos? No, de todos no; puesto que los monos bandidos no caían bien a ninguno de los animales de la selva. Los monos no tenían amigos porque se metían con todo el mundo gastándoles pesadas bromas y mofándose de ellos.
Hasta que cierto día, Manolillo, al fin, conoció a Ramón el león.
Ramón el león tenía una enorme melena de color naranja que brillaba con el sol, unos afilados dientes y unas fuertes patas con unas poderosas y afiladas garras.
Pero lo que, sin duda, caracterizaba a Ramón el león era su gran corazón; pues todo el mundo le quería porque era muy bueno y no se metía nunca con nadie.
Ambos hablaron durante largo rato; descubriendo que a ninguno de los dos les caían bien los monos bandidos. Por lo que decidieron unirse para darles una lección.
No tardaron en encontrarlos. Subidos a un árbol incordiaban a una enorme jirafa que quería comer de una rama que no dejaban de zarandear haciendo que la pobre jirafa no pudiera comer de las hojas que había en la rama.
Ramón el león se acercó a los monos con el pequeño topo oculto en su espesa melena montando a sus espaldas. Ramón el león les pidió que dejaran de molestar a la hambrienta jirafa.
Entonces el jefe de los monos le dijo a Ramón el león:
– Vaya, vaya, vaya… mirad quién está aquí; “el león tontorrón”. ¿Aún no has aprendido la lección? –dijo burlándose de Ramón– ¿Es que no te das cuenta que por muy fuerte y rápido que seas siempre seremos más listos que tú? Si no sabes ni cuántas son dos más dos.
– Claro que lo sé –dijo Ramón el león. Y susurrando a Manolillo, que seguía en su espalda oculto por su espesa melena, le preguntó en voz baja:
– Manolillo, ¿sabes tú cuántas son dos y dos?
– Claro que sí, Ramón, son cuatro –respondió Manolillo el topillo–. Ahora pregúntales tú si saben cuántos son cien más cien.
Y cuando Ramón el león les preguntó a los monos, éstos se quedaron sorprendidos porque no se esperaban que el león les contestara con otra pregunta que, encima, ¡no sabían responder!
¿Cómo podía ser que el león se hubiera vuelto mucho más listo que ellos?, pensaron los monos bandidos.
Y Ramón el león, al ver que no sabían responder, sonrió para sus adentros. Mientras que Manolillo se reía entre dientes viendo a los malvados monos en apuros intentando adivinar la respuesta.
Ramón el león, aconsejado por Manolillo el topillo, les hizo a los monos otras preguntas que no supieron contestar; lo que hizo enfurecer aún más a los monos bandidos.
Todos los animales de la selva hicieron un enorme corro alrededor de los monos para ver cómo Ramón el león les daba una lección a los monos; demostrando así que no eran tan listos como decían; sino unos fanfarrones que sólo buscaban meterse con los demás animales.
Los monos, humillados al verse en tal situación, se pusieron rojos de rabia y bajaron del árbol para pegar a Ramón el león.
Pero Ramón era mucho más rápido que ellos y no lograron tocarle ni un pelo, pero sí llevándose cada uno de los monos algún que otro golpetazo.
Definitivamente los monos estaban humillados.
Fue entonces cuando Manolillo el topillo salió de su escondite en la melena de Ramón el león y, con una reverencia, saludó al resto de animales que les rodeaban para ver el espectáculo.
Manolillo había demostrado que era mucho más listo que los monos bandidos. Y que, su amigo Ramón el león, era mucho más fuerte y valiente que ellos.
Los dos amigos, trabajando en común, habían dado un escarmiento a los monos bandidos. Demostrando al resto de animales lo bueno que era trabajar en equipo.
Fue entonces cuando Manolillo el topillo decidió dejar la oscuridad de su casa (ya que sus ojos se habían acostumbrado a la luz del sol) y decidió vivir al aire libre con todos sus amigos; con los que jugaba y compartía todos sus libros.
Y todos los animales de la selva fueron más amables y cordiales con el resto porque descubrieron que eso les hacía sentirse mejor.
Y esa selva fue conocida por ser la más pacífica, tranquila, divertida y cordial de todo el mundo.
Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Manolillo el topillo el león Ramón
Manolillo y Ramón dibujados por mi hija
(se distingue perfectamente al león por su espesa e imponente melena rojiza)
Portada del libro




Inés nunca olvidará el cuento que escribió su papi para la guarde.
ResponderEliminarY por cierto, como no espabiles, antes de darte cuenta dibuja mejor que tú.
La idea es que, cuando tenga diez o veinte años más, se acuerde de todas las payasadas que hacía con su padre y de todos los momentos que pasamos juntos... ya sabes... esas cosas que nos gustaría a los padres que permanecieran en nuestros hijos.
ResponderEliminarY, respecto a lo de dibujar... me esfuerzo al máximo para que así sea; para que llegue a dibujar y pintar mucho mejor que su padre... y, aunque apunta ya muy buenas maneras, aún le quedan muchos folios que garabatear para eso ;þ